Cada 5 de noviembre, cielos de todo el Reino Unido se iluminan con fuegos artificiales y hogueras. Para quien llega de Latinoamérica sin saber qué es Bonfire Night, la escena puede resultar desconcertante: no es una fiesta nacional oficial, no hay día libre, pero medio país sale a la calle o se reúne en el jardín con petardos.
La tradición conmemora un hecho histórico muy concreto: la Conspiración de la Pólvora de 1605, cuando Guy Fawkes y un grupo de conspiradores católicos intentaron hacer explotar el Parlamento británico y asesinar al rey Jacobo I. El plan fue descubierto la noche del 4 al 5 de noviembre, y desde entonces los británicos celebran que el atentado fracasó encendiendo hogueras —originalmente para quemar efigies de Fawkes— y lanzando fuegos artificiales.
Más allá de la pólvora, Bonfire Night tiene su propio folclore. Generaciones de escolares británicos han crecido recitando el verso “Remember, remember, the fifth of November”, que abre un poema del siglo XIX sobre la Conspiración de la Pólvora, y durante décadas los niños salían a pedir “a penny for the Guy” por las calles cargando muñecos de trapo que representaban a Fawkes —una costumbre hoy casi extinta, aunque algunos pueblos pequeños aún la mantienen—. En la mesa, la noche se asocia con comida de temporada muy concreta: manzanas acarameladas (toffee apples), el bizcocho especiado llamado parkin y patatas asadas envueltas en papel de aluminio (jacket potatoes) comidas junto a la hoguera.
Ciudades como Lewes, en el sur de Inglaterra, son famosas por organizar algunas de las celebraciones más elaboradas del país, con procesiones de antorchas y hogueras gigantes que atraen visitantes de toda la región.
No toda la isla lo celebra con la misma intensidad: en Escocia e Irlanda del Norte, donde el trasfondo histórico de la fecha —ligado a tensiones religiosas entre protestantes y católicos— resulta más sensible, la celebración suele tener un perfil más bajo que en Inglaterra, aunque los fuegos artificiales igualmente se escuchan en buena parte del país.
La primera vez que escuché fuegos artificiales sin previo aviso un 5 de noviembre en Londres, confieso que salí a la ventana pensando que algo grave ocurría; con los años entendí que es, simplemente, una de esas tradiciones que los británicos viven con total naturalidad, sin necesidad de que sea festivo oficial para tomarse en serio la pólvora.
Las cifras oficiales confirman que la precaución no es un consejo exagerado: según datos del NHS, solo en el periodo 2020/21 hubo 116 ingresos hospitalarios en el Reino Unido por lesiones relacionadas con fuegos artificiales, 21 de ellos en menores de 14 años, y entre 2015 y 2019 se registraron cerca de 3.591 visitas a urgencias en Inglaterra por el mismo motivo —los ojos, la cabeza y las manos son, según la Children’s Burns Trust, las zonas más afectadas—.
Un dato práctico para quien vive aquí: aunque no hay día libre, muchos ayuntamientos organizan espectáculos gratuitos de fuegos artificiales en parques públicos los fines de semana más cercanos al 5 de noviembre, una alternativa más segura y familiar que comprar pirotecnia particular.

