El London Eye abrió al público en marzo de 2000, en la ribera sur del Támesis, justo frente a las Casas del Parlamento, como parte de las celebraciones por el cambio de milenio. Diseñada por los arquitectos David Marks y Julia Barfield, fue en su momento la noria de observación en voladizo más alta del mundo, y se convirtió casi de inmediato en una de las atracciones de pago más visitadas de Londres y en una pieza fija del perfil de la ciudad, usada como telón de fondo para los fuegos artificiales de cada Año Nuevo y en decenas de películas.
Lo curioso -y algo que como corresponsal me tocó cubrir desde el principio- es que el London Eye nació con un permiso de apenas cinco años, pensado como una estructura temporal para celebrar el milenio y nada más. Verla seguir ahí, veinticinco años después, sobreviviendo a varios alcaldes de Londres y convertida en un ícono tan permanente del horizonte como el propio Big Ben, es una de esas ironías urbanas que uno aprende a apreciar con el tiempo.
Para subir hay que calcular bien el presupuesto: la entrada estándar para adultos arranca desde unas £29 comprando en línea con antelación (alrededor de £39 comprando el mismo día en la puerta), y para niños de 2 a 15 años desde unas £26 en línea (unas £35 en la puerta); los menores de 2 años no pagan, pero de todas formas hay que reservarles su cupo. Se llega caminando en pocos minutos desde las estaciones de Waterloo o Westminster, cruzando el puente de Westminster. Los horarios cambian según la temporada -entre mayo y septiembre suele abrir de 10:00 a.m. a 8:30 p.m. los fines de semana y festivos, con horarios más cortos, de unas 11:00 a.m. a 6:00 p.m., entre semana en temporada baja-, y conviene reservar en línea con antelación, porque siempre resulta más barato y evita las filas de última hora. Una vuelta completa dura unos 30 minutos, así que hay que calcular entre una hora y hora y media contando la fila de seguridad; muchas guías recomiendan ir por la tarde o cerca del atardecer, tanto para encontrar menos gente como para la mejor luz. La foto se puede tomar desde dentro de la cápsula, con el Parlamento de fondo, o desde la otra ribera del río o el propio puente de Westminster, buscando la puesta de sol.
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Cada vez que veo el London Eye girando lentamente frente al Parlamento, recuerdo que esta noria nació con fecha de caducidad y terminó quedándose para siempre -una lección, a su manera, de que en Londres hasta lo temporal puede volverse parte permanente del paisaje.
Imagen: Chris Rycroft / Wikimedia Commons (CC BY 2.0).

