El mercado de Brixton empezó a crecer desde la década de 1870 a lo largo de Atlantic Road y Brixton Road, hasta volverse una de las principales zonas comerciales del sur de Londres -Electric Avenue, construida en la década de 1880, fue una de las primeras calles de Gran Bretaña iluminadas con electricidad-. Entre los años veinte y treinta se construyeron tres galerías comerciales cubiertas -Reliance Arcade, Market Row y Granville Arcade, hoy conocida como Brixton Village- que todavía funcionan.
Pero la historia que de verdad define a Brixton para la comunidad latina de Londres, con la que tanto nos identificamos, es la de la migración caribeña. En 1948 llegó a Tilbury el buque Empire Windrush, cargado de migrantes del Caribe invitados a ayudar a reconstruir la Gran Bretaña de posguerra; muchos de ellos fueron alojados inicialmente en un refugio antiaéreo cercano y terminaron asentándose en Brixton, atraídos en parte por la oficina de empleo que había en la zona. Desde entonces, el mercado se volvió el centro comercial y cultural de la comunidad afrocaribeña de Londres, famoso por sus productos africanos y caribeños, sus telas, su música y su comida; cuando las galerías del mercado recibieron protección oficial en 2010, el propio gobierno británico las señaló como “uno de los principales corazones de la comunidad afrocaribeña en Londres”. Windrush Square, en pleno centro del barrio, y los disturbios de Brixton de 1981 y 1985 -ligados a las tensiones entre esa comunidad y la policía- forman parte de la misma memoria colectiva.
Durante años, nuestras oficinas quedaron cerca de aquí, y Brixton -con su mercado, su gente, su historia de comunidad migrante que llegó por invitación, enfrentó discriminación y terminó construyendo instituciones culturales propias y un orgullo que se nota en cada esquina- fue durante mucho tiempo parte de mi rutina diaria en Londres. Para cualquier latinoamericano que viva en esta ciudad, Brixton ofrece un espejo natural: una comunidad inmigrante que construyó su lugar a base de mercado, música y memoria pública.
Se llega en la línea Victoria del metro hasta la estación de Brixton, que además tiene servicios de tren nacional, y que queda prácticamente rodeada por el propio mercado. El acceso es libre, se paga solo lo que se compra; las galerías cubiertas suelen abrir de 8:00 a.m. a 11:30 p.m. la mayoría de los días (hasta las 6:00 p.m. los lunes), mientras que los puestos al aire libre siguen un horario más corto, de unas 8:00 a.m. a 6:00 p.m. No hace falta reservar nada, y basta con hora y media o dos horas para recorrerlo bien. Entre semana, de día, se vive un ambiente más autentico y menos turístico; los sábados son los más animados, aunque también los más concurridos. La mejor foto se toma en la propia Electric Avenue, o en Windrush Square, junto al monumento a los caídos africanos y caribeños de las guerras mundiales.
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Entrada libre a los mercados, dice cualquier guía turística sobre Brixton, y es verdad; pero lo que ninguna guía explica del todo es lo que se siente al caminar por ahí sabiendo que ese mismo mercado fue, durante generaciones, el lugar donde una comunidad entera construyó, casa por casa y puesto por puesto, su propio sitio en esta ciudad.
Imagen: jeffwarder / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0).


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