Cada 31 de octubre, calles enteras del Reino Unido se llenan de calabazas talladas y niños disfrazados tocando puerta por puerta pidiendo dulces. Pocos recuerdan, sin embargo, que Halloween tiene raíces mucho más antiguas y mucho más británicas de lo que suele pensarse.
Según documenta English Heritage, la organización oficial encargada de preservar el patrimonio histórico inglés, Halloween desciende del festival celta de Samhain, celebrado hace más de dos mil años en lo que hoy es Irlanda, Escocia y el norte de Inglaterra, para marcar el fin de la temporada de cosecha y el inicio del invierno oscuro, un momento en que se creía que el velo entre el mundo de los vivos y los muertos se hacía más delgado.
La costumbre de tallar calabazas, curiosamente, no es originalmente británica sino que se popularizó en Estados Unidos, adonde emigrantes irlandeses y escoceses llevaron la tradición de tallar nabos como faroles protectores; al llegar a Norteamérica, la calabaza —más abundante y fácil de tallar— sustituyó al nabo original.
En Latinoamérica, donde el Día de los Muertos y otras tradiciones propias ya ocupaban ese espacio simbólico de honrar a los difuntos, Halloween ha llegado más como fenómeno comercial y de entretenimiento infantil que como festividad con raíz cultural profunda, lo que genera un contraste interesante con el Reino Unido, donde muchos ven la fecha como un regreso a algo genuinamente propio.
Viviendo entre ambas culturas, siempre encuentro fascinante explicarle a mis lectores que, en cierto sentido, el “trick or treat” que hoy asociamos con lo estadounidense en realidad tiene un antepasado directo en las tradiciones celtas de las islas británicas, mucho antes de que existiera Hollywood para popularizarlo.

