Por Orlando Mancini
Vender no tiene nada de vergonzoso. Fingir que no se vende, en cambio, sí. Y esta semana hemos sabido que el conde Spencer registró en la Oficina de Propiedad Intelectual británica la marca de la explotación agrícola de Althorp —mermelada, miel, té, confituras, vino, y también alfombras y bolsos— y que dos meses antes había registrado otra cosa bastante más interesante: su propio apellido, para oratoria, apariciones públicas y trabajos de locución.
La reacción no se hizo esperar. Una fuente citada por The Sun lo resumió con evidente satisfacción: que primero imitó a su sobrino atacando a la Corona y que ahora está haciendo una Meghan. Titular pegadizo y, sin embargo, falso por la más elemental de las razones: las fechas no cuadran. El registro del apellido es de marzo de 2023 y el de la finca de mayo del mismo año; la marca de estilo de vida de la duquesa de Sussex llegó dos años después. Nadie copió a nadie, simplemente uno llegó antes, y quien construya la acusación sin comprobar el calendario está haciendo precisamente lo que llevamos semanas reprochando aquí.
Su entorno sostiene que no existe ningún proyecto de fabricar confituras, que los registros fueron una precaución y que llevan inactivos desde entonces. Es perfectamente verosímil. Y aquí hace falta explicar algo que fuera de estas islas apenas se entiende, porque sin ello el episodio parece un escándalo y no lo es.
En el Reino Unido una casa señorial no es un lujo: es un pasivo. La ley permite acogerse a lo que aquí se llama exención condicional en el impuesto de sucesiones: los bienes considerados patrimonio nacional —la casa, los cuadros, el archivo, el parque— pueden quedar exentos del tributo, pero a cambio el propietario se obliga a conservarlos y, sobre todo, a abrirlos al público. No es generosidad del aristócrata: es la contrapartida de un acuerdo fiscal. De ahí que las grandes fincas de este país tengan tienda, salón de té y folleto: cada mermelada financia un tejado. Althorp lleva en esa familia desde 1508 y son trece mil acres, que no se sostienen con buenas intenciones.
El precedente es casi entrañable. En 1949, arruinado por los derechos sucesorios, el sexto marqués de Bath abrió Longleat al público cobrando media corona por cabeza. Sus pares lo consideraron una vulgaridad sin nombre y se lo hicieron saber; una década más tarde media aristocracia británica lo imitaba y la casa seguía en pie. Comercializar el patrimonio no deshonra a nadie aquí: es lo que ha evitado que un tercio de estas casas acabara demolido. El propio Rey vende conservas con la marca de su residencia de Gloucestershire y nadie sensato ve en ello una traición a la Corona.
De modo que dejemos ya el asunto de la mermelada, que es la parte flácida de la historia. Lo relevante está en el otro registro.
Porque inscribir tu apellido para dar conferencias no habla del pasado: habla de hacia dónde mira un proyecto. Después de un libro como Swan Song: Diana, my sister, las memorias que Penguin lanzó a finales de septiembre en doce idiomas, vienen los circuitos de charlas, los festivales literarios, las apariciones pagadas. Eso ya no es un desahogo ni un homenaje: es una carrera profesional, perfectamente legítima, que necesita combustible. Y el combustible de esta carrera concreta tiene nombre, apellido y treinta y seis años.
Añádase la cifra que circula en el sector editorial: entre cinco y diez millones de libras por unas memorias sobre su hermana. Un volumen que el mismo día del lanzamiento ya aparecía a mitad de precio, con una disculpa pública del autor a Piers Morgan —el texto lo situaba al frente del Daily Mirror en 1993, cuando todavía trabajaba en The Sun— y con los abogados del periodista exigiendo que se retire de la venta y se reedite sin esos pasajes.
Permítanme entonces una distinción que me parece la clave del asunto: copiar es una cosa, coincidir es otra y bastante más elocuente. Porque lo que tenemos delante son dos fincas —una en Northamptonshire, otra en California—, dos apellidos y prácticamente el mismo catálogo: mermelada, miel, té y vino, incluido aquel espumoso del valle de Napa que se presentó como un nuevo capítulo británico y que el comprador británico no puede adquirir.
Con la misma pregunta de fondo en ambos casos: ¿qué se vende ahí exactamente? Porque mermelada hay en cualquier supermercado a dos libras el tarro. Lo que se vende es proximidad. Cercanía a una institución, a un apellido, a una historia que el público ya conoce y por la que está dispuesto a pagar un sobreprecio considerable. Uno vende que es el hermano de Diana; la otra, que fue duquesa.
He hecho la cola de Althorp en julio, y recomiendo la visita sin ninguna ironía: la casa es magnífica, el archivo es serio y el templo blanco al otro lado del agua se contempla en un silencio que nadie tiene que imponer. Lo que también recuerdo es que el recorrido termina, como terminan todos los recorridos patrimoniales de este país, en la tienda. No lo reprocho. Lo que no puede hacerse es diseñar ese itinerario y después indignarse cuando alguien observa adónde conduce.
Apuesto a que ese tarro no llegará nunca a un estante y la marca de la finca seguirá durmiendo en su cajón. La otra, la del apellido, se activará antes del aniversario, y lo hará en el circuito norteamericano de conferencias, donde las tarifas figuran en la web del propio organizador. No habrá nada que investigar: bastará con leer un programa.
Porque el calendario es implacable. Agosto de 2027, treinta años de aquella noche en París. Para entonces tendremos, si nada cambia, el libro del hermano ya amortizado, un documental preparado por uno de sus hijos, posiblemente otro proyecto con el otro, una marca de estilo de vida en expansión a un lado del Atlántico y un apellido registrado para el escenario al otro. Libro, pantalla, producto y tribuna: el ecosistema completo. Y en el centro, una mujer que no firmó ninguno de esos contratos.
Lo diré con la mayor claridad de que soy capaz, porque no quiero que se me lea como un sermón contra el comercio: que la gente gane dinero me parece excelente. Mi objeción es a la coartada. Al lo hago por ella, al es mi deber, al estoy honrando su legado. Si llevamos meses señalando a los Sussex por convertir en producto cada centímetro de su intimidad, la misma vara ha de aplicarse aquí, con mejor prosa y credenciales de historiador, pero sin excepciones. Una vara que solo mide a un bando no es una vara: es un arma.
Digan simplemente que es un negocio y que ese apellido vale mucho dinero. Lo respetaría infinitamente más. Y, curiosamente, también lo respetaría el público.
AL MARGEN
Un apunte que puede dar de sí estos días, y lo doy por lo que es: una pista, no una confirmación. La cuenta de la marca de la duquesa publicó un marcapáginas sobre lo que parece una guía de París, y en este oficio esos descuidos rara vez son descuidos. Se especula con su regreso a la Semana de la Moda. Conviene recordar cómo fue la visita del año pasado: se supo que no figuraba entre los invitados formales y que fue ella quien pidió asistir al desfile de Balenciaga; hubo un beso al aire que se quedó a medio camino y recorrió el planeta; y hubo críticas severas por una fotografía que se asoció con el entorno del túnel donde murió su suegra. Nada de aquello tuvo detrás un libro del hermano en las librerías, ni documentales rivales anunciados, ni un aniversario redondo a la vuelta de la esquina. Si vuelve este año, volverá a un París bastante más inflamable.

