En cualquier mesa navideña británica, junto a cada plato, aparece un tubo de cartón decorado y brillante que dos personas deben tirar de cada extremo hasta que suena un pequeño estallido: el Christmas cracker. Para quien celebra su primera Navidad en el Reino Unido, esta tradición —y varias más— pueden resultar completamente desconocidas.
El cracker, según documenta VisitBritain como parte del folclore navideño británico, se inventó en el siglo XIX y contiene tradicionalmente tres cosas: una pequeña sorpresa o juguete, un chiste malísimo impreso en un papel, y una corona de papel de colores que, según la costumbre, todos en la mesa deben ponerse y llevar puesta durante el resto de la comida, sin excepción, sin importar la edad o el cargo de quien la lleve.
Otra tradición poco conocida fuera del Reino Unido es el “Christmas pudding”: un postre oscuro y denso, cocido al vapor durante horas, que muchas familias preparan con meses de anticipación y al que tradicionalmente se le prende fuego con brandy antes de servirlo en la mesa.
La primera vez que participé en una cena navideña británica y vi a un abogado de traje impecable llevando puesta una corona de papel morado mientras leía en voz alta un chiste sobre un pavo, entendí que el humor autocrítico y la falta de solemnidad son, en el fondo, el verdadero espíritu de la Navidad británica.
Para la comunidad latina que celebra su Navidad aquí, sumar estas costumbres a la propia —el cracker en la mesa junto a la novena o el buñuelo— se ha convertido en una manera curiosa de construir una tradición híbrida, propia de quien vive entre dos culturas.
El análisis de Orlando
Detrás del cracker hay una historia muy londinense: lo popularizó el pastelero Tom Smith a mediados del siglo XIX, inspirado en los bombones envueltos en papel que había visto en París. Lo interesante es que la tradición sobrevivió porque encaja con algo muy británico: la Navidad como un momento en el que se permite, por una vez, perder la solemnidad. La corona de papel la lleva puesta todo el mundo, sin importar la edad o el cargo.
La familia real también tiene su versión del humor navideño. En Sandringham, los regalos se intercambian el 24 de diciembre por la tarde —una costumbre heredada de las raíces alemanas de la familia desde la época de la reina Victoria y el príncipe Alberto—, y es conocido que suelen ser regalos de broma, no objetos de lujo. Es la misma lógica del cracker: lo importante es reírse juntos.
Un consejo práctico para quien quiera llevar crackers a su familia en América Latina: como contienen una pequeña tira explosiva que produce el estallido, muchas aerolíneas no los permiten en el equipaje de cabina y algunas tampoco en bodega. Conviene consultar la política de la aerolínea antes de meterlos en la maleta.

