Downing Street es, desde la década de 1730, cuando Robert Walpole se instaló en el número 10, la dirección más reconocible del poder político británico. Sus famosas rejas negras de hierro, instaladas apenas en 1989 por razones de seguridad -antes de eso, cualquiera podía caminar por la calle-, se convirtieron desde entonces en el telón de fondo obligado para cualquier corresponsal que cubra visitas de Estado, cambios de primer ministro o anuncios de gobierno.
Uno de los momentos que más recuerdo frente a esas rejas fue la visita de Álvaro Uribe, entonces presidente electo de Colombia, quien viajó a Londres el 18 de julio de 2002 -semanas antes de asumir formalmente la presidencia- para reunirse durante unos 45 minutos con el primer ministro Tony Blair en el número 10. En la agenda estaban la cooperación británica en materia de inteligencia y seguridad, la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, y la búsqueda de más de 100 millones de dólares de financiamiento internacional para programas de sustitución de cultivos de coca. Cubrir esa visita, representando a uno de nuestros canales comunitarios de habla hispana de Londres, junto a las rejas de Downing Street, es una de esas postales que uno guarda para siempre en la memoria de su carrera.
Ese pequeño patio de entrada, con su icónica farola y su puerta negra sin manija visible desde afuera, ha sido escenario de cientos de fotografías similares a lo largo de las décadas: mandatarios de medio mundo posando junto al primer ministro de turno, periodistas apostados en la “zona de prensa” esperando la declaración de rigor tras cada reunión bilateral. Nada cambia demasiado en esa esquina de Whitehall, y quizás por eso mismo se ha vuelto tan poderosa como símbolo: cualquier audiencia del mundo reconoce esa puerta y sabe, sin que se lo tengan que explicar, que algo importante está ocurriendo ahí dentro.
Quien visite hoy Downing Street debe saber, antes de ir, que no va a poder caminar hasta esa puerta: la calle está cerrada al público desde 1989, precisamente desde que se instalaron esas rejas, así que lo máximo a lo que cualquier visitante puede acercarse es a las propias rejas de entrada, vistas desde Whitehall. Se llega caminando desde la estación de Westminster, y como es una calle pública en el sentido de que se puede ver sin pagar nada, conviene aprovechar el paseo para combinarlo con dos vecinos inmediatos: Horse Guards, a pocos pasos, con su propio cambio de guardia a caballo, y el Cenotafio, el monumento a los caídos de las dos guerras mundiales, justo en el camino.
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Cada vez que un mandatario latinoamericano visita Londres y se para frente a esas mismas rejas, no puedo evitar pensar en aquella tarde de julio de 2002, y en cuánto ha cambiado -y cuánto sigue igual- la forma en que Downing Street recibe al resto del mundo.


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