Cada año, el último fin de semana de agosto, Londres cambia de ritmo. Las calles de Notting Hill, en el borough de Kensington y Chelsea, se llenan de banderas caribeñas, camiones cargados de bocinas, plumas, lentejuelas y el sonido del steel pan y el soca a todo volumen. Es el Notting Hill Carnival, el festival callejero más grande de Europa y uno de los mayores del mundo, con cerca de un millón de personas en las calles durante sus dos días de desfile.
El carnaval nació en 1966, aunque sus raíces son anteriores: hunde su origen en la comunidad afrocaribeña que llegó al Reino Unido a bordo del Empire Windrush a finales de los años cuarenta y cincuenta, y que en la Inglaterra de esos años enfrentó un racismo abierto, incluidos los disturbios raciales de Notting Hill de 1958. El carnaval fue, desde el principio, una forma de resistencia y de orgullo cultural: una manera de decir “aquí estamos” con música, color y comunidad, en las mismas calles donde antes solo hubo hostilidad. Con el tiempo se transformó en la gran celebración multicultural que hoy conocemos, y en 2006 el público británico lo votó como uno de los íconos de Inglaterra.
Cubrir el carnaval como corresponsal era, cada año, una experiencia distinta a cualquier otra cobertura real o institucional que hiciéramos en Londres. No había protocolo, ni rejas de palacio, ni distancia con la gente: había multitud, calor humano y una energía que se sentía en el pecho antes de verse con los ojos. Recuerdo estar ahí, micrófono en mano para LatvAmerica, entrevistando a la comunidad latinoamericana que también participa cada año de los eventos de la comunidad caribeña en Londres, con banderas propias -colombianas, ecuatorianas, venezolanas- mezcladas entre las caribeñas, demostrando que la fiesta terminó por adoptar a todos los que hoy llaman hogar a Londres, sin distinción de dónde vinieron.
El desfile principal recorre un circuito de varios kilómetros entre Ladbroke Grove, Westbourne Park y Notting Hill Gate, con “mas bands” -comparsas- que preparan sus trajes durante meses, y con un domingo dedicado tradicionalmente a los niños antes del gran desfile del lunes festivo. A los lados de la ruta, la comida caribeña -jerk chicken, patties, ron especiado- perfuma el ambiente tanto como la música.
Más de medio siglo después de su primera edición, el Notting Hill Carnival sigue siendo, ante todo, lo que fue desde el principio: la prueba de que la calle también puede ser un lugar de celebración, y no solo de conflicto.
Imagen: archivo personal de Orlando Mancini.

