Por Orlando Mancini
El duque de Windsor se pasó treinta y cinco años intentando volver. Regresó a Inglaterra en contadas ocasiones —funerales, casi siempre— y en ninguna de ellas obtuvo lo que de verdad perseguía: un cometido. Algo que hacer con el apellido. Murió en París en 1972 sin conseguirlo, y la Corona lo enterró en Frogmore con todos los honores y ni una sola concesión. Aquélla fue la primera lección del siglo pasado y sigue siendo la única que importa: se puede regresar al país sin regresar jamás a la institución.
Lo traigo a colación porque esta semana, desde el Despacho Oval, nos han ofrecido un consejo con ochenta y nueve años de retraso.
Preguntado por la pareja que acaba de mudarse a los Cotswolds, el presidente estadounidense respondió que él no los habría admitido de vuelta, que no siente admiración alguna por ellos y que la duquesa se comportó de manera profundamente irrespetuosa con la difunta Reina y con el Rey. Sin rodeos, ante las cámaras, en la sala más vigilada del planeta.
Conviene que el lector aprecie hasta qué punto eso es anómalo. Existe una gramática no escrita que rige estos asuntos: un jefe de Estado extranjero elogia a la monarquía aliada, agradece la hospitalidad y calla. Y existe además, del lado británico, una regla férrea que aquí se conoce bien y fuera se entiende poco: el Palacio no responde. Nunca. Ante un comentario político, la respuesta oficial es el silencio, porque el instante en que el Soberano contesta a un político extranjero deja de ser Soberano y pasa a ser contendiente. De modo que la frase quedará flotando, sin réplica, durante semanas. No por debilidad. Por diseño constitucional.
Tampoco es un arrebato. El expediente viene de lejos: el desliz de 2019 antes de una visita de Estado, luego rectificado; el célebre “que paguen ellos” de 2020 cuando se debatía su seguridad; el juicio de 2021 sobre el matrimonio que arruinó una familia; el comentario de 2022 sobre un marido dominado; la displicencia de 2024 en la polémica del visado. Siete años de opinión sin fisuras. Ahora bien, la coherencia no es lo mismo que la autoridad, y a nadie debería consolarle demasiado que la crítica más ruidosa a los Sussex venga precisamente de allí.
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Digámoslo sin ambages: es un favor que quienes examinamos a esta pareja con rigor no habíamos pedido. Durante seis años ellos han sostenido que la crítica no es análisis sino persecución, y ese relato solo respira cuando los críticos pueden ser etiquetados como bando. A partir de ahora, cualquiera que señale una incoherencia escuchará el reproche fácil. Yo no milito en Washington; milito en las hemerotecas. Y me temo que el veintidós por ciento de valoración favorable que arrastra la duquesa este verano no lo fabricó ningún presidente: ya estaba ahí, cocinándose despacio, en cocinas británicas.
Pero el asunto que de verdad me ha estropeado la semana no ocurrió en Washington. Ocurrirá el 18 de septiembre, en el antiguo Ministerio de Guerra de Whitehall, hoy hotel, durante la cena de gala del Premio Diana.
Aquí hace falta una aclaración para el lector hispano, porque el mecanismo no tiene equivalente exacto fuera de estas islas. El patronage no es una placa honorífica. Un mecenas real es un cargo operativo: garantiza presencia, convoca a los donantes, arrastra a la prensa, abre agendas imposibles. Una entidad con dos mecenas que no pueden compartir sala no tiene dos mecenas: tiene dos medios mecenas y un problema logístico permanente.
Y en eso se ha convertido la fundación que lleva el nombre de su madre. Se anunció que los duques asistirían; su portavoz lo desmintió con sequedad. Se habla de una carta, quizá de un mensaje en vídeo. Un vídeo, desde un condado situado a dos horas en coche. Y se ha publicado que el príncipe de Gales difícilmente habría acudido si su hermano estaba en la sala, de modo que la ausencia de uno habilita la presencia del otro. Turnos. Como unos padres separados repartiéndose los cumpleaños.
He estado sentado en esas cenas, y les aseguro que lo más elocuente nunca se dice desde el atril: está en el plano de mesas, en esa silla que los organizadores colocan y descolocan hasta el último minuto sabiendo perfectamente quién no vendrá.
Me mojo, y anoten la fecha: antes de que termine este reinado, uno de los dos hermanos dejará caer discretamente ese mecenazgo en lugar de perpetuar la rotación. Y no será el príncipe de Gales.
Queda el epílogo, que casi da pudor comentar. Siete días después de aterrizar en Gran Bretaña, la duquesa presentó un espumoso de su marca —método tradicional, uvas del valle de Napa— anunciado como un nuevo capítulo que celebrar. Un capítulo británico embotellado en California y, según se informa, no disponible para el comprador británico. Concedo lo obvio: montar distribución en un mercado nuevo exige licencias, meses y paciencia, y nadie lo resuelve en una semana. Pero los símbolos no piden permiso ni esperan al papeleo, y éste dice algo bastante nítido sobre dónde está el cuerpo y dónde sigue estando el negocio.
Así que, con todo respeto al inquilino del Despacho Oval, su recomendación era innecesaria. Nadie los ha readmitido. No hay balcón, no hay funciones, no hay figura intermedia, y el Rey y su heredero están, en esto, absolutamente alineados. Volvieron a un condado inglés, no a una institución.
Windsor lo aprendió en 1936 y tardó el resto de su vida en aceptarlo. Confiemos en que esta vez la lección se aprenda antes de París.

