Cubrir dos jubileos de Isabel II me permite mirar algo más que dos celebraciones. Entre uno y otro transcurrieron diez años de vida británica y diez años de mi trabajo en Londres. La reina seguía siendo el centro de la ceremonia, pero el tiempo había cambiado el significado de su presencia. Lo que en una ocasión celebraba sesenta años de reinado, en la siguiente reconocía una permanencia que ningún monarca británico había alcanzado.
Tuve la oportunidad de cubrir el Jubileo de Diamante de 2012 y el de Platino de 2022. Al escribir sobre ellos, prefiero comenzar por esa distancia temporal. Los grandes acontecimientos suelen recordarse mediante una selección de imágenes: una aparición, una bandera, una multitud. Para un periodista que vive en la ciudad donde ocurren, también forman parte de una trayectoria y de una relación prolongada con el país que está contando.
El Jubileo de Diamante conmemoró seis décadas desde la llegada de Isabel II al trono. Las celebraciones centrales se desarrollaron del 2 al 5 de junio de 2012. El programa incorporó la procesión fluvial por el Támesis y culminó con actos ceremoniales en Londres, entre ellos un servicio en la Catedral de San Pablo y una aparición en el balcón de Buckingham.

Esa combinación ayuda a comprender un jubileo. La conmemoración pertenece a la historia de una soberana, pero sale de los espacios reservados a la institución y ocupa lugares compartidos. El río, las calles y las celebraciones comunitarias permiten que personas con relaciones muy distintas con la monarquía participen de un mismo calendario. La adhesión puede variar; el acontecimiento público ofrece diferentes maneras de acercarse.
Como periodista colombiano, mi tarea exige explicar esa particularidad a una audiencia que no necesariamente comparte las referencias británicas. ¿Por qué se concede tanta importancia a la duración de un reinado? ¿Qué se celebra cuando se homenajea a una persona cuya función es hereditaria? Son preguntas necesarias. La magnitud de una ceremonia no puede sustituir la explicación de lo que significa para la sociedad que la organiza.
Diez años después llegó el Jubileo de Platino. Las celebraciones centrales se realizaron del 2 al 5 de junio de 2022 y marcaron setenta años de reinado. Isabel II se convirtió en la primera monarca británica que alcanzó ese aniversario. La coincidencia del escenario y de parte del lenguaje ceremonial hacía posible comparar ambas ocasiones; la diferencia estaba en el peso adquirido por el tiempo.
Setenta años resultan difíciles de imaginar hasta que se traducen a una escala personal. Para muchas personas, la reina había acompañado toda su vida consciente. Para otras, también la de sus padres. Esa duración explica por qué una conmemoración institucional podía tener una lectura íntima: la misma figura aparecía vinculada a recuerdos familiares, cambios de época y acontecimientos que habían transformado al Reino Unido.
Mi propia comparación parte de haber cubierto ambas celebraciones. No necesito añadir encuentros privados ni conversaciones que no ocurrieron para encontrar una historia. La originalidad está en volver sobre dos momentos de mi trabajo y preguntarme qué revela la distancia entre ellos. Haber estado allí permite construir una perspectiva, siempre que se diferencie el recuerdo personal de los hechos documentados.
También cambia la manera de mirar una celebración cuando se conoce lo que sucedió después. Isabel II murió el 8 de septiembre de 2022. Hoy es inevitable relacionar el Jubileo de Platino con el final de su reinado. Pero durante la cobertura de junio no podíamos presentar septiembre como un desenlace conocido. La memoria debe respetar esa diferencia: el periodista de entonces no sabía lo que sabe quien escribe ahora.
Para mí, esa es una de las obligaciones más importantes al recuperar una experiencia. Debemos resistir la tentación de convertir cada gesto del pasado en una señal anticipada. Un aniversario tiene valor por lo que fue en su momento. Después adquiere nuevas lecturas, pero esas interpretaciones deben identificarse como posteriores. De lo contrario, la crónica deja de reconstruir una jornada y empieza a modificarla.
Los dos jubileos ofrecen, por tanto, dos formas de observar una misma institución: la continuidad celebrada en 2012 y la duración excepcional reconocida en 2022. Entre ambas está mi recorrido como periodista en Londres. Contarlos juntos me permite mostrar cómo cambia una historia cuando permanecemos lo suficiente para verla regresar: el escenario conserva sus símbolos, mientras nosotros llegamos con diez años más de preguntas.

