Por Orlando Mancini
Hay respuestas que valen bastante más que un desmentido, y esta semana hemos leído una. Consultado sobre el pasaje más explosivo de las memorias del conde Spencer, Swan Song: Diana, my sister (Penguin), el Palacio recordó que por principio no comenta libros, y añadió que Su Majestad sabe bien que el dolor por la pérdida de un hermano puede nublar la razón, alterar el juicio y teñir el recuerdo de maneras que el propio afectado no percibe, incluso muchos años después.
Lean despacio lo que ahí no se dice. No se le llama mentiroso. No se afirma que la conversación no existiera. No se insinúa oportunismo, ni codicia, ni resentimiento. Se le concede íntegro el sufrimiento y se le retira, con enorme suavidad, la exactitud. Siendo el acusado, esa contención resulta difícil de superar.
El pasaje en cuestión sitúa la escena en los días posteriores al accidente de París. Un alto asesor comunica al conde que los dos niños caminarán junto al féretro de su madre; él se opone. Poco después, según su relato, recibe una llamada del entonces príncipe de Gales que describe como un torbellino de ira, en la que aquél alega haber marchado él mismo en el cortejo de su tío abuelo en 1979. El conde replica que entonces tenía treinta años y no doce. Y llega la frase que ha llenado las portadas: que se quede tranquilo, que pronto la olvidarán.
Sobre esa conversación conviene subrayar tres hechos sencillos: ocurrió hace veintinueve años, no hubo testigos, y la única persona capaz de confirmarla o desmentirla murió en 1997. En cualquier sala de justicia eso se denomina testimonio no contrastable. En el sector editorial se llama capítulo tres.
Conviene ser justo con el libro como libro. Spencer no es un aficionado: es historiador de oficio, autor de Killers of the King, sobre los regicidas de Carlos I, de To Catch a King, sobre la huida de Carlos II, y de The White Ship, y en 2024 publicó A Very Private School, un relato descarnado de los abusos que sufrió en su internado. Escribe bien, ordena el material con método y sabe cuándo detenerse en un detalle. Precisamente por eso el capítulo de la llamada desentona: en un autor que exige documentos a los reyes del siglo XVII, una conversación sin testigos y sin papel es el único pasaje que no resistiría su propio método. Y el error que ya ha tenido que corregir —situó a Piers Morgan al frente del Daily Mirror en 1993, cuando aún trabajaba en The Sun— demuestra que la memoria, incluso la de un historiador, también se equivoca.
Y llegamos a lo más incómodo, que nadie está explicando bien: el acusado no puede defenderse. No metafóricamente. Materialmente.
Aquí hace falta una aclaración para el lector que no vive bajo esta Constitución no escrita. El Soberano es la única persona del reino sin acceso práctico a sus propios tribunales: la justicia se administra en su nombre —las causas penales llevan literalmente el suyo—, de modo que no puede demandar sin ser a la vez origen de la jurisdicción y parte litigante. Añádase la convención que le prohíbe conceder entrevistas u opinar en público, y el resultado es una anomalía perfecta: un hombre acusado por escrito que no dispone de micrófono, ni de abogado, ni de derecho a réplica. Todos los demás protagonistas de esta historia pueden publicar. Él no.
De ahí que la ofensiva resulte tan eficaz. No porque sea falsa —no tengo modo alguno de saberlo—, sino porque está dirigida contra el único blanco del país que tiene prohibido moverse.
Nada de esto es nuevo, por cierto. En 1950, la institutriz que había criado a las princesas Isabel y Margarita publicó unas memorias hoy casi entrañables, sin una sola maldad, apenas anécdotas domésticas. La Casa nunca volvió a dirigirle la palabra y la lengua inglesa incorporó una expresión, hacer un Crawfie, para nombrar exactamente esto: convertir la confianza de esa familia en un producto con precio de portada. Setenta y seis años después el mecanismo es idéntico, aunque los anticipos hayan mejorado bastante.
Sobre el porqué de la fecha, el propio autor dio su explicación en agosto y es de justicia reproducirla: ante la proximidad del trigésimo aniversario le llovían otra vez las peticiones de entrevista, y prefería escribir sus propias reflexiones de una vez que seguir leyendo las de otros, muchas basadas en falsedades consolidadas por el tiempo. Lo entiendo. Pasar veintinueve años contestando preguntas sobre la peor semana de tu vida debe de resultar agotador.
Pero repárese en lo que esa misma explicación admite: había demanda, había un aniversario redondo acercándose y había un mercado esperando. Y con esa demanda no se hizo una entrevista, ni un comunicado, ni silencio. Se hizo un producto, con editorial internacional, fecha de lanzamiento, serialización en un diario y dos días seguidos de titulares. Eso no es un desahogo: es un lanzamiento. Y aterriza sobre un monarca de setenta y siete años en tratamiento oncológico, semanas después del regreso de los Sussex, justo antes de un aniversario que iba a ser durísimo por sí solo.
Yo estaba en Londres aquella semana de septiembre, y lo que no aparece en ninguna grabación de archivo es el olor. A los cuatro días, las toneladas de flores amontonadas frente a las verjas de Kensington habían empezado a pudrirse bajo el celofán, y aquel dulzor pesado se metía en la ropa y acompañaba a uno hasta casa. En la Abadía, ante treinta y dos millones de espectadores solo en este país, el conde pronunció un discurso que todavía se recuerda y formuló una promesa concreta: que la familia de sangre velaría por que aquellos dos niños crecieran con el alma cantando abiertamente, como su madre había querido.
Fue una promesa hermosa, y no dudo ni un segundo de su sinceridad entonces. De ahí la pregunta que me parece inevitable: ¿en qué ayuda a esos dos hombres, hoy de cuarenta y cuatro y cuarenta y dos años, distanciados entre sí, uno de ellos recién reinstalado en el país, leer impreso que su padre despreciaba a su madre? ¿Qué alma canta con eso? Porque quienes leerán ese capítulo con el estómago encogido no somos usted ni yo.
Nadie le discute el derecho a contar su historia; perdió a su hermana del modo más brutal y eso no se cura. Pero tener derecho a hacer algo y que hacerlo sea buena idea son cuestiones distintas, y confundirlas es el error más caro de nuestra época.
No soy el único que lo ve así, aunque discrepo del tono de algunos colegas. En Royal Exclusive, el pódcast de The Sun, Matt Wilkinson dedicó el 23 de septiembre casi una hora al libro con Robert Jobson y Kinsey Schofield bajo un titular que lo emparentaba directamente con el manual de los Sussex, y se habló sin rodeos de retirarlo de la venta. Me parece una exageración: un libro discutible se rebate, no se tritura. Más fina me pareció Ingrid Seward en el pódcast de la revista HELLO!, dos días después, cuando apuntó a lo que de verdad importa, que no es el Rey sino sus hijos: imaginó a los dos príncipes horrorizados al leer a su tío hablar así de su padre. Ahí está el corazón del asunto, y es exactamente la pregunta que me hago más abajo. En el extremo opuesto, Andrew Morton —el biógrafo que en 1992 publicó la versión de la propia Diana— sostiene que el error fue del Palacio por responder en cuestión de horas, con un texto que a su juicio delata enfado. No lo comparto: releído con calma, ese comunicado es un ejercicio de contención, no de ira.
Sé cómo terminará esto, porque he visto el procedimiento otras veces. El Palacio no dirá una palabra más. El libro venderá muchísimo. Y dentro de un año esa frase, jamás confirmada por nadie, aparecerá citada sin comillas ni atribución en artículos de terceros, como si constara en algún acta. Así se fabrica la historia cuando una de las partes está muerta y la otra tiene prohibido hablar.
Queda una ironía final que nadie ha diseñado. Se dijera o no aquella frase, el tiempo ya la ha refutado: veintinueve años después, con un Rey en el trono y una generación entera que no había nacido cuando ella murió, seguimos hablando de Diana esta misma noche y en medio mundo. Nadie la olvidó. De modo que, o alguien se equivocó de manera espectacular, o hay un hombre enfermo de setenta y siete años pagando por una frase que jamás pronunció. Ninguna de las dos posibilidades resulta tranquilizadora. Solo que una de las dos ya está en las librerías.
AL MARGEN
Merece capítulo aparte la aventura del camión. Miles de ejemplares salieron de una imprenta centroeuropea envueltos en plástico negro para que nadie identificara el título; el conductor pernoctó en un área de descanso holandesa y amaneció con la cerradura forzada. No se llevaron el cargamento, ni el vehículo, ni nada de valor comercial. Se llevaron cuatro libros. La policía investiga y en el sector editorial hablan de un episodio extraordinariamente sospechoso, dadas las estrictísimas medidas de seguridad del lanzamiento. No especularé sobre quién abrió esa puerta, porque no lo sé. Me limito a una observación profesional: no existe presupuesto de marketing capaz de comprar una historia así seis días antes de la salida a librerías.

