Hay una puerta en Praed Street, en el barrio de Paddington, que cualquier seguidor de la Familia Real reconoce sin necesidad de leer el letrero: ladrillo rojo, un pequeño frontón de piedra y, tallada en él, apenas tres palabras: LINDO WING. Es la entrada del Ala Lindo del St Mary’s Hospital, la maternidad privada más famosa del Reino Unido, y frente a ella grabé uno de los reportajes que más veces repetí en mi carrera: la espera por un nacimiento real.
St Mary’s Hospital abrió sus puertas en 1851 y hoy es un hospital universitario adscrito al Imperial College de Londres. Es, además, un lugar con peso propio en la historia de la medicina: ahí trabajó Alexander Fleming, quien descubrió la penicilina en 1928 en un laboratorio que hoy es museo dentro del propio hospital. Pero el Ala Lindo, que abrió en noviembre de 1937 gracias a la donación del empresario Frank Charles Lindo, se convirtió en algo distinto: la maternidad privada donde la realeza británica ha decidido, generación tras generación, traer al mundo a sus hijos.
Por esa puerta salieron el príncipe Guillermo en 1982 y el príncipe Harry en 1984, ambos hijos de Diana de Gales. Años después, ya como padres, Guillermo y Catalina volvieron al mismo lugar para presentar al mundo a sus tres hijos: el príncipe Jorge en 2013, la princesa Carlota en 2015 y el príncipe Luis en 2018, cada uno mostrado en brazos de sus padres frente a las mismas rejas donde se agolpan los fotógrafos y la prensa internacional.
Cubrir esos nacimientos significaba, para los corresponsales que trabajábamos en Londres, días enteros plantados en esta misma calle, con la cámara lista desde el amanecer, esperando la señal de que el parto había comenzado. Recuerdo perfectamente estar parado justo frente a esta entrada, micrófono en mano, transmitiendo para Telemundo mientras el mundo hispano esperaba la misma noticia que esperaba el mundo entero: si sería niño o niña, y cómo se llamaría.
Lo curioso es que el Ala Lindo nunca dejó de ser, ante todo, un hospital privado abierto a cualquiera que pueda costear sus tarifas -no es un ala exclusiva de la Corona-, aunque su nombre quedó asociado para siempre a la realeza. Ahí nacieron también celebridades como el actor Kiefer Sutherland o el músico Elvis Costello. Pero ninguna de esas historias generó jamás la expectativa mundial que sí generaron esos partos reales, con cientos de periodistas de todos los continentes reunidos en la misma acera de Paddington, esperando un anuncio que a veces tardaba días en llegar.
Hoy, cada vez que paso por Praed Street y veo esa fachada de ladrillo, no puedo evitar pensar en las horas de espera, el frío londinense y la adrenalina de saber que, detrás de esa puerta discreta, estaba naciendo la próxima generación de la monarquía británica.
Imagen: archivo personal de Orlando Mancini.

