La llamada que no se hizo

La llamada que no se hizo

Por Orlando Mancini

Treinta segundos. Ése era el coste. Una conversación telefónica de medio minuto para decir: vamos a volver, prefiero que lo sepas por mí. No hacía falta pedir permiso —nadie necesita permiso para elegir dónde criar a sus hijos—, ni convocar a los abogados, ni redactar comunicado alguno. Bastaba con marcar un número.

No se marcó. Y el príncipe de Gales se enteró de que su hermano compraba casa en Inglaterra y matriculaba a sus sobrinos en un colegio británico por el mismo procedimiento que usted y que yo: abriendo el periódico.

Quienes lo tratan describen su reacción con una palabra sobria, casi administrativa: desconcierto. Sabía que había insinuaciones, deseos vagos de pasar más tiempo en el país. Una cosa es la insinuación y otra el camión de la mudanza.

Y a partir de ahí, este hombre queda encerrado en la posición más incómoda de toda la familia, que no es —conviene decirlo— la de su hermano.

Observen el mecanismo, porque es de una crueldad casi geométrica. Si perdona, si accede a la fotografía sonriente que medio planeta reclama, el titular del día siguiente escribe solo: funcionó. Y lo que habrá funcionado será el libro, el documental, la entrevista, la acusación. Todo queda validado a posteriori, porque el método entregó el resultado. Si no perdona, el titular también escribe solo: el heredero frío, el hermano rencoroso, el que no supo tender la mano. Al agredido se le exige la generosidad. Al agresor se le concede la impaciencia.

Ante semejante encerrona, no hacer nada no es cobardía: es la única jugada disponible. Y por lo que se filtra desde esa casa, es exactamente la elegida. Nada de puentes en este regreso. Ningún gesto que pueda leerse como superioridad moral, precisamente porque colocarse ahí sería regalar el argumento. Cualquier acercamiento, se dice, sería una construcción lenta. Muy lenta. Y por debajo persiste una palabra que puertas adentro se pronuncia sin adornos: traición.

Permítanme detenerme en la princesa de Gales, que es quien menos ha hablado y más ha encajado, y explicar aquí un mecanismo británico que fuera de estas islas se entiende poco. Los miembros senior de la Casa carecen de derecho de réplica. No es modestia ni buen gusto: es una restricción funcional. No pueden conceder entrevistas para defenderse, ni publicar su versión, ni acudir a un pódcast a matizar un capítulo. Cuando se escribieron cosas sobre ella, no dispuso de un solo canal para contestar. Le narraron su vida y tuvo que leerla en silencio. Añadan una enfermedad grave atravesada delante de un país entero, resuelta con dos minutos de vídeo y ni una palabra más, y comprenderán por qué a nadie se le puede exigir moralmente que vuelva a abrir su puerta. Desear el bien a alguien y no invitarlo a cenar son cosas perfectamente compatibles.

La nostalgia por aquel cuarteto de 2018 es eso, nostalgia. No es un plan.

Y aquí está el error de cálculo que sostiene todo este regreso: creer que el problema era la distancia. La historia de esta familia dice lo contrario, y con contundencia. La reina Victoria mantuvo apartado de los despachos de Estado a su hijo y heredero durante décadas, convencida de que no era de fiar. Bertie vivía en Marlborough House, a diez minutos a pie de su madre. Diez minutos. La cercanía no curó absolutamente nada, porque lo que estaba roto no era un mapa, era una confianza. Pasar de nueve mil kilómetros a dos horas de coche no repara una brecha que no se abrió por kilómetros.

Y la desconfianza actual no vive en el pasado, vive en el presente. Inquieta el fantasma del modelo a medias, aquel mitad dentro, mitad fuera que la Reina rechazó de plano en 2020 y que este regreso amenaza con reintroducir por la puerta de servicio: residir en el país, aparecer en actos, conservar apellido y título, y esquivar tanto las obligaciones como el escrutinio. Una monarquía que concede excepciones deja, sencillamente, de tener normas. E inquietan las cámaras: los rumores de que ciertos movimientos privados podrían ir acompañados de equipos de documentación. Fíjense en lo demoledor del asunto: no hace falta que sea cierto. Basta con que resulte verosímil para que nadie vuelva a relajarse en una habitación compartida.

Después de tantos años haciendo antesala en actos de esta Casa, uno aprende dónde hay que mirar, y no es al atril. Es a los treinta metros sin cámaras que separan la nave del coche, donde nadie posa y donde, si algo va a ocurrir, ocurre. En el último funeral familiar existieron esos treinta metros. No existió una sola palabra.

Dejo escrito un pronóstico, para que pueda reprochárseme el día que corresponda: en lo que resta de este reinado no habrá una fotografía de los dos hermanos juntos por voluntad propia. Habrá alguna, sí, pero la impondrá un féretro o una fecha de Estado, y estará coreografiada al centímetro para que no exista un minuto sin testigos. Lo que desharía esa previsión no cuesta un penique —asumir responsabilidad y pedir perdón son gratuitos—, y por eso mismo resultan carísimos.

Termino donde de verdad importa, que no es en ninguno de estos adultos. Hay un niño de siete años y una niña de cinco que van a crecer en el mismo país que sus primos, con el mismo acento, el mismo clima y las mismas estaciones. Los mayores llevan seis años sin resolver nada. Concedámosle a la generación siguiente el beneficio de la duda: si dentro de quince años esos cuatro chicos se buscan por gusto, habrá valido la pena el avión, el estruendo y hasta los titulares.

En todo lo demás, ojalá me equivoque. En eso, ojalá acierte.


AL MARGEN

Y ya que hablamos de opiniones ajenas sobre asuntos de familia: desde Washington, el presidente Trump ha vuelto sobre el matrimonio en una entrevista con GB News. Sostiene que aquellas páginas resultaron devastadoras para el príncipe de Gales, asegura que él jamás habría vuelto a dirigir la palabra a su autor y atribuye a la duquesa una influencia funesta sobre su marido. En la misma conversación reivindicó su vieja amistad con el Rey, al que describió como un hombre extraordinario y valiente por su manera de afrontar la enfermedad. Comparto poco del método y menos del mensajero. Pero cuando hasta los aliados incómodos coinciden con el diagnóstico, algo dice de la solidez del diagnóstico.

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