Por Orlando Mancini
En julio, en Chatham House, el duque de Sussex posaba sonriente junto al ministro de Defensa ugandés para anunciar la incorporación del país como vigésimo sexta nación de la comunidad Invictus. Hubo discurso sobre el poder rehabilitador del deporte, agradecimientos a la Fundación y la promesa de un capítulo nuevo para sus militares heridos. El lunes salió la carta del Lord Chambelán definiendo a los duques como ciudadanos particulares. El miércoles, el jefe de las fuerzas armadas de Uganda —que además es hijo del presidente— anunciaba en redes sociales la retirada, alegando que su país no participará en nada que no cuente con la aprobación de Su Majestad, a quien dijo venerar profundamente, y confesando de paso que había tenido que aplastar a las facciones de su propio ministerio favorables a lo que calificó de tontería de Harry y Meghan.
Merece la pena detenerse en lo que ese general no dijo. No cuestionó la causa. No sugirió que sus veteranos no merecieran competir. No puso un solo reparo al proyecto. Dijo únicamente que él se alinea con el monarca. Y eso traslada el asunto desde el deporte adaptado hasta un terreno bastante menos amable: el de con quién conviene dejarse fotografiar.
Conviene explicar aquí algo que fuera de estas islas suele malinterpretarse, porque no tiene equivalente en el mundo hispano. La Mancomunidad de Naciones, a la que Uganda pertenece, es una asociación voluntaria de medio centenar largo de Estados, en su mayoría repúblicas que no reconocen al Rey como jefe de Estado. La jefatura de esa organización ni siquiera se hereda por derecho: en 2018 fueron los jefes de gobierno reunidos en Windsor quienes acordaron que el entonces príncipe de Gales sucedería a su madre en el cargo. Carlos III no tiene autoridad alguna sobre el ejército ugandés; no puede darle una orden ni vetarle un torneo. Su peso allí es exclusivamente simbólico. Y precisamente por eso el gesto resulta tan elocuente: nadie invoca un símbolo por obligación, sino porque le conviene ser visto invocándolo.
Ahora bien, hagamos lo que corresponde antes de proclamar una catástrofe, que es enfriar el asunto.
Quien firmó ese anuncio arrastra un historial notablemente errático en redes sociales. A principios de este mismo año proclamó el fin de la cooperación militar con otro país aliado, borró los mensajes pocos días después, pidió disculpas y explicó que le habían informado mal. Su comunicado contiene además una confesión involuntaria: si tuvo que aplastar facciones internas, es que su propio Ministerio de Defensa estaba a favor. El ministro que posó en Londres en julio no ha dicho una palabra. Esto no es una posición de Estado; es un pulso doméstico resolviéndose a golpe de publicación. Y la Fundación Invictus, según se informa, ni siquiera fue notificada: se enteró como el resto del mundo.
Tampoco sería la primera vez que la Corona británica hace de atrezo en la política interna ugandesa. Hace medio siglo, el gobernante de aquel país se autoproclamó conquistador del Imperio Británico, se colgó títulos inventados y utilizó a la monarquía como decorado permanente de su teatro nacional. Nada de aquello alteró jamás la política exterior real de Uganda; servía para consumo interno. La historia rara vez se repite con exactitud, pero rima con frecuencia.
De veintiséis naciones se marcha una, incorporada hace apenas ocho semanas. Invictus lleva doce años en pie y ha pasado por Londres, Toronto, Sídney, La Haya, Düsseldorf y Vancouver. Esto no lo derriba, ni se acerca a derribarlo.
El daño, por tanto, no es deportivo ni logístico. Es de señal. Y ahí sí conviene ser franco, porque la lógica resulta implacable: si el Palacio comunica formalmente al Gobierno, al estamento militar y a sus representantes en cada condado que ese hombre actúa a título privado y no representa a la Corona, ¿qué hará un ejército extranjero deseoso de quedar bien con Londres? Exactamente lo que ha hecho: apartarse. Es la primera vez que un país invoca el nombre del Rey para distanciarse de su hijo, y los precedentes tienen la fea costumbre de encontrar imitadores.
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Apostaría, con todo, a que esto no sobrevive al otoño. El anuncio se retirará discretamente, o el equipo aparecerá inscrito sin que nadie explique nada, porque a ningún gobierno le conviene figurar como el que dejó a sus propios mutilados fuera de una competición internacional. Lo que no se borrará es el mecanismo que ha quedado a la vista: existe ya una fórmula diplomática para no acudir, y está redactada en papel de Buckingham.
He estado en las gradas de unos Juegos Invictus, y hay un instante que no suele aparecer en las crónicas. No es la medalla ni el podio: es el segundo anterior, cuando el competidor busca entre el público a la familia que pasó meses en un pasillo de hospital sin saber si aquello terminaría bien. Ahí se comprende de golpe para qué existe todo el invento, y se comprende también que no admite ser usado como munición.
Porque en esta semana de cartas, generales y comités hay un grupo de hombres y mujeres heridos sirviendo a su país que en julio recibieron una fecha, un destino y un horizonte, y que ahora se quedan fuera sin que nadie les preguntara. No escribieron ningún libro, no concedieron ninguna entrevista, no renunciaron a nada. Son los únicos de toda esta historia que pierden algo real.
He sido severo con el duque de Sussex en esta columna y volveré a serlo mañana. En esto, no. Invictus es lo mejor que ha construido, funciona, y no merece convertirse en campo de batalla de una guerra familiar que transcurre a nueve mil kilómetros de esos veteranos. Ojalá recapaciten. Ojalá vuelvan. Y ojalá llegue el día en que podamos hablar de esos Juegos sin mencionar una sola carta.
AL MARGEN
Prosigue entretanto la batalla del vocabulario. Se informa de que los duques discrepan de la etiqueta y preferirían el término figuras públicas, además de que se reconociera su pertenencia a la familia. No es vanidad: de esa expresión dependen cómo se les recibe, qué protocolo se aplica y quién costea el recibimiento. Y el comité que evalúa la protección con fondos públicos se reúne precisamente esta semana, días después de que un documento oficial los definiera como particulares. Llevo demasiado tiempo en este oficio para creer en las casualidades de calendario.

