Meghan Markle participó como jueza invitada en la decimoctava temporada de MasterChef Australia, emitida por Channel 10, junto a los jueces titulares Poh Ling Yeow, Sofia Levin y Jean-Christophe Novelli. La prueba pedía a los concursantes elaborar un plato “digno de una duquesa” a partir de un único ingrediente base, y fue la propia invitada quien dio la salida.
Durante la valoración de los platos, un miembro del equipo entregó a Meghan un teléfono y el príncipe Harry apareció por videollamada en directo. La duquesa lo saludó ante el plató y, tras la conexión, lo calificó de encantador. Antes había elogiado la propuesta del concursante Aaron Kher y bromeado con que resultaría demasiado picante para su marido, que se reía al fondo de la imagen.
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La secuencia, difundida como un momento espontáneo, generó una respuesta hostil en redes sociales. Varios espectadores la describieron como guionizada y vergonzosa, y reprocharon que un concurso de cocina acabara girando en torno a la pareja; otros, en cambio, celebraron la intervención.
Vestida de negro, Meghan se declaró seguidora del formato, aseguró que en su casa hay que contentar a muchos paladares y detalló los contrastes domésticos: carne, patatas y salsa de nata para Harry; pescado, parrilla y cítricos para ella. También afirmó que Archie, de siete años, y Lilibet, de cinco, comen coles de Bruselas. La grabación obligó a interrumpir la gira australiana de cuatro días del matrimonio el pasado abril.
El episodio se suma a una operación comercial más amplia: durante ese mismo viaje, Meghan cerró una colaboración con la plataforma de moda OneOff mientras era fotografiada con firmas locales. En un espacio que antes reservó sus sillas a Gordon Ramsay o Jamie Oliver, el aval de los Sussex no fue culinario.

