Una secuencia no es una causa

Una secuencia no es una causa

Por Orlando Mancini

Acusar al Rey de haber dejado sin Juegos a un puñado de soldados heridos es, con diferencia, el reproche más grave que ha salido del bando Sussex desde que aterrizaron en Inglaterra. Y ha llegado, como llegan estas cosas, sin firma: una fuente vinculada a su entorno explicó a la televisión británica que la retirada de Uganda es consecuencia de unas directrices del Lord Chambelán publicadas con prisa y sin consulta. El remate estaba medido al milímetro: los únicos que sufrirán serán los competidores.

Una fuente vinculada al entorno de los duques ha explicado a la televisión británica que la retirada de Uganda de los Juegos Invictus es consecuencia de las directrices del Lord Chambelán, publicadas —según esa versión— apresuradamente y sin consulta. Y ha rematado con una frase de precisión quirúrgica: los únicos que sufrirán serán los competidores.

Traducido: la culpa es del padre. Y el padre, en este caso, es el Rey.

Empecemos por concederles lo que hay que concederles, porque la cronología existe y nadie la ha inventado. El lunes se publicó la carta; el miércoles Uganda anunció su marcha; el general que firmó el anuncio mencionó expresamente al Soberano. Cuarenta y ocho horas y una alusión explícita. No estamos ante un delirio. Estamos ante una secuencia real.

Ahora bien, una secuencia no es una causa, y aquí hay tres obstáculos que la acusación no logra sortear.

El primero: esa carta no modificó absolutamente nada. No retiró un título, no impuso una condición, no anunció sanción alguna. Se limitó a poner por escrito lo cierto desde enero de 2020. Si la simple confirmación de un hecho de hace seis años basta para derribar una alianza internacional, la pregunta pertinente no es qué hizo el Palacio, sino qué solidez tenía esa alianza.

El segundo, y es el que zanja el asunto: el propio general explicó su motivo, y no fue la carta. Dijo que existían facciones dentro de su Ministerio de Defensa partidarias de continuar y que tuvo que aplastarlas. Eso no describe una reacción a un documento protocolario británico; describe un pulso de poder en Kampala. El texto del Lord Chambelán no fue la causa. Fue la percha.

El tercero tiene su gracia amarga: ese mismo militar fue quien impulsó la entrada de Uganda. En octubre del año pasado recibió en su capital a la delegación de la Fundación y describió la incorporación como un hito para el bienestar de sus soldados heridos; el propio ministro de Defensa le acreditó el mérito. El hombre que construyó esto en octubre es el que lo demolió en septiembre. Añádase su historial de anuncios erráticos —este mismo año proclamó el fin de una cooperación militar con otro aliado, borró los mensajes y se disculpó alegando mala información— y convendrán en que resulta una base endeble para acusar a un jefe de Estado.

Conviene además explicar aquí un principio que fuera de estas islas apenas se comprende, y que esta acusación atropella de lleno. En el sistema británico el Soberano no responde personalmente de los actos administrativos de su Casa: por eso firman el Lord Chambelán, el secretario privado o el ministro correspondiente. No es un truco para escurrir el bulto; es el mecanismo que mantiene al monarca por encima de la disputa, porque una Corona que puede ser demandada, reprochada o culpada deja de servir para lo único que sirve, que es estar por encima de todos. Cuando en 1955 se impidió el matrimonio de la princesa Margarita con un divorciado, la maquinaria absorbió íntegro el reproche —los cortesanos, el Gobierno, la Iglesia— y nadie señaló personalmente a la Reina. Ese amortiguador existe desde hace siglos y se levantó, entre otras cosas, para proteger a los reyes de sus propias familias.

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Dicho todo lo cual, hay una parte de la queja que sí me parece legítima, y no seré yo quien la escamotee: el aviso. Sesenta minutos para leer un documento que define la identidad pública de un hombre durante el resto de su vida es poco. Tratándose de un hijo, es menos aún. Un secretario privado con oficio le habría concedido la tarde entera sin perder nada. Comprendo el motivo —desde el Palacio se ha explicado que prefirieron publicar antes que arriesgarse a una filtración— y ahí está la tragedia circular de esta historia: le dieron una hora porque no confían, y no confían por lo ocurrido durante seis años.

Cualquiera que lleve tiempo cubriendo esta casa sabe además cómo funciona el otro lado del tablero. Una fuente vinculada al entorno no es un desliz ni un rumor de pasillo: es una decisión tomada por alguien, con un objetivo, un destinatario y un momento elegidos. Nadie llama a una redacción por casualidad. De modo que esa frase sobre los competidores no se escapó: se colocó.

Queda el frente del vocabulario, que parece frívolo y no lo es. El Palacio escribe ciudadanos particulares; ellos prefieren figuras públicas. La segunda etiqueta concede relevancia sin obligaciones, foco sin escrutinio: es el modelo a medias con otro nombre, y por eso jamás será concedida. Aceptarla equivaldría a derogar el acuerdo de Sandringham por la puerta de servicio.

Y aquí llega la ironía que corona la semana. Tras la publicación de la carta, el duque salió a la calle y cumplió: primera aparición benéfica en Londres, sin comitiva, sin protocolo, sin tratamiento. Un ciudadano particular con una causa. Funcionó perfectamente. Veinticuatro horas después, su entorno explicaba en televisión que la culpa de lo de Uganda era de su padre. Ahí está resumido el problema de estos seis años: el trabajo circula por un carril y el relato por otro, y el relato siempre corre más rápido.

Me atrevo a decir que no habrá una segunda retirada, y sospecho que el propio Uganda reaparecerá en la lista sin que nadie ofrezca explicaciones. Lo que sí quedará es un precedente de titularidad indiscutible: la primera vez que Invictus se usó como munición contra el Palacio no la disparó ningún general africano.

Porque la fuente tenía razón, aunque no en el sentido que pretendía. Sufren los competidores, sí. Sufren cada vez que Invictus entra en una discusión familiar, empuje quien empuje la puerta. Y llevamos seis años metiéndolos ahí dentro. Si de veras importan esos atletas, la respuesta no era un mensaje culpando al Rey. Era una llamada telefónica a Kampala y, después, silencio.


AL MARGEN

Me preguntan varios lectores de quién fue realmente Invictus, porque circula la idea de que lo creó la Reina. La iniciativa fue de él: nació tras su visita a los Warrior Games estadounidenses en 2013 y se puso en pie al año siguiente en Londres con el Ministerio de Defensa y la entonces Fundación Real. Ahora bien, sin el respaldo de Isabel II, del Palacio y de las Fuerzas Armadas jamás habría alcanzado dimensión internacional. La distinción es justa y conviene sostenerla: la Reina lo apoyó, él lo fundó. Sigue siendo, con diferencia, lo mejor asociado a su nombre.

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