La relación de Sarah Ferguson con Estados Unidos, durante años clave para su reconstrucción personal y financiera, parece haber llegado a un punto de ruptura definitivo. La exesposa de Andrew Mountbatten-Windsor ha dejado claro a su entorno más cercano que no volverá al país, en una decisión marcada por el miedo, la presión judicial y el peso de un pasado que vuelve a perseguirla.
Tal como apunta el medio Mirror, Ferguson teme enfrentarse al escrutinio tanto del Congreso estadounidense como de las víctimas vinculadas al caso de Jeffrey Epstein. Esta preocupación se intensificó después de que el legislador Suhas Subramanyam le solicitara formalmente su cooperación en una investigación sobre las operaciones de tráfico sexual del magnate.
Se desprende de la información publicada que, aunque no está legalmente obligada a comparecer, el simple escenario de tener que declarar bajo juramento —y responder preguntas no solo sobre Epstein, sino también sobre su exmarido— resulta para ella “insoportable”. La decisión, según su entorno, ha sido firme y sin margen de negociación.
El medio plasma además el contraste con su pasado: Ferguson encontró en Estados Unidos una plataforma para reinventarse, participando en medios, negocios y causas benéficas. Sin embargo, su nombre en los archivos recientemente divulgados, junto a mensajes que evidencian una relación cercana con Epstein, ha cambiado por completo la narrativa.
A esto se suma una serie de golpes recientes, como la pérdida de reconocimientos y el distanciamiento institucional, que han reforzado su aislamiento. Hoy, la figura de Ferguson parece atrapada entre su historia y las consecuencias de sus vínculos.
En medio de este escenario, su decisión de no regresar a Estados Unidos no solo marca un cierre geográfico, sino también un intento de poner distancia —al menos simbólica— con uno de los capítulos más incómodos de su vida.


