El silencio de Sarah Ferguson ya no es interpretado como discreción, sino como un vacío incómodo que alimenta sospechas. Durante meses, la exduquesa de York ha permanecido fuera del foco público, pero su nombre ha regresado con fuerza al centro del escándalo vinculado a Jeffrey Epstein, elevando la presión para que testifique sobre lo que sabe.
Tal como apunta BBC, legisladores estadounidenses han intensificado sus llamados. El congresista Suhas Subramanyam ha sido claro al afirmar que Ferguson podría tener información relevante y debería declarar bajo juramento ante el Congreso. A esta petición se han sumado otras voces políticas, como Melanie Stansbury, quienes insisten en que cualquier persona con datos debe contribuir para garantizar justicia a las víctimas.
Se desprende de la información publicada que incluso el entorno de Virginia Giuffre considera que su testimonio podría ser crucial. Las revelaciones recientes, derivadas de documentos judiciales, sugieren que Ferguson mantuvo una relación más cercana con Epstein de lo que se creía, incluyendo contactos durante su tiempo en prisión y encuentros posteriores junto a sus hijas.
Las opiniones están profundamente divididas. Mientras figuras como la abogada Gloria Allred sostienen que Ferguson no puede alegar desconocimiento, otros, como el abogado Jonathan Coad, advierten que declarar sería “un desastre” personal y familiar. En paralelo, el biógrafo Andrew Lownie la describe como un “testigo clave”, subrayando la cercanía que habría tenido con el entorno de Epstein.
A todo esto se suma un deterioro progresivo de su imagen pública: salida de organizaciones benéficas, pérdida de estatus y especulaciones sobre entrevistas millonarias o memorias explosivas. Incluso su paradero se ha convertido en un misterio, alimentando aún más el interés mediático.
En este contexto, Ferguson se enfrenta a una encrucijada crítica: hablar y arriesgarlo todo o guardar silencio y permitir que las dudas sigan creciendo. Lo que está en juego ya no es solo su reputación, sino el impacto que su decisión podría tener sobre una monarquía que aún lidia con las consecuencias de uno de sus capítulos más oscuros.


