El príncipe Prince Edward y su esposa, Sophie, han quedado bajo el foco tras revelarse que podrían haber generado hasta 130.000 libras anuales mediante el subarrendamiento de instalaciones dentro de Bagshot Park, su residencia oficial. Lo que en otro contexto sería una práctica inmobiliaria más, aquí adquiere una dimensión delicada: se trata de una propiedad de la Corona.
Tal como apunta el medio BBC, los establos reconvertidos en oficinas fueron ofertados por más de 10.000 libras mensuales, generando un flujo de ingresos que, según críticos, debería revertir al erario público y no a particulares, aunque formen parte de la familia real. Este detalle ha sido suficiente para encender el debate sobre los límites entre patrimonio institucional y beneficio privado.
Se desprende de la información publicada que el acuerdo de arrendamiento de la finca, vigente desde finales de los años noventa, ha sido históricamente favorable para la pareja. Aunque se han realizado inversiones significativas en la propiedad, el hecho de pagar un alquiler simbólico mientras se generan ingresos adicionales ha sido calificado por algunos sectores como una ventaja difícil de justificar ante la opinión pública.
Las críticas no se han hecho esperar. Voces políticas y analistas subrayan que los beneficios derivados de activos vinculados a la Corona deberían, en última instancia, beneficiar al contribuyente. Otros, sin embargo, matizan que el sistema actual permite este tipo de ingresos y que los duques no estarían infringiendo ninguna norma.
En paralelo, el Comité de Cuentas Públicas ha comenzado a examinar con mayor detenimiento los acuerdos de arrendamiento relacionados con propiedades reales, lo que podría abrir la puerta a futuras revisiones. En un contexto donde la transparencia se exige con mayor firmeza, este episodio vuelve a poner a la monarquía bajo una luz incómoda.


