La historia parece sacada de un guion de Hollywood, pero tiene como protagonista a Sarah Ferguson. La exduquesa de York habría considerado, en medio de dificultades económicas, una idea tan sorprendente como polémica: clonar a los emblemáticos corgis de la fallecida Reina Elizabeth II y comercializarlos a nivel internacional.
Tal como apunta el medio Daily Mirror, el proyecto no se limitaba a una simple iniciativa empresarial. Incluía la creación de un reality show donde Ferguson presentaría estos animales a potenciales compradores adinerados, en un intento por reinventarse mediáticamente y generar ingresos. La propuesta fue discutida con productoras estadounidenses y llegó a considerarse seriamente dentro de ciertos círculos televisivos.
Se desprende de la información publicada que la idea contemplaba incluso la clonación genética de los corgis, una práctica legal en Estados Unidos pero altamente cuestionada por sus implicaciones éticas y científicas. Aunque el proyecto finalmente fue abandonado, deja entrever hasta qué punto Fergie estaba dispuesta a explorar caminos poco convencionales para salir adelante.
El contexto personal tampoco ayuda a suavizar la narrativa. Tras la muerte de la reina, Ferguson asumió el cuidado de los perros junto al ex Príncipe Andrew, aunque su situación residencial y financiera ha cambiado drásticamente en los últimos meses. A esto se suma la creciente presión internacional para que declare sobre sus vínculos con Jeffrey Epstein, lo que añade una capa adicional de tensión a su ya compleja realidad.
En medio de rumores, silencio prolongado y proyectos fallidos, Ferguson vuelve a ocupar titulares por motivos que reflejan tanto su vulnerabilidad como su capacidad de reinventarse, aunque sea en territorios que rozan lo insólito.


